ENTREVISTAS



Esta entrevista fue publicada previamente en la revista digital El Aforista, en el marco del denominado Cuestionario Chamfort al cual están respondiendo distintos aforistas desde su inicio, en el año 2015.

1. ¿Recuerda cuándo empezó a escribir aforismos de una forma consciente, es decir, comprometido con el género en cuanto autor?

Sí. Y además de una manera muy precisa. Había roto con mi novia, y ella me escribió una carta (en aquellos tiempos, 1982, no había ni correo electrónico, ni whatsapp…, ni siquiera había móviles), a la que enseguida me dispuse a contestar. Para ello fui hilvanando frases, considerandos, reflexiones e ideas sobre el amor y la vida que pudiera emplear para darle relevancia y expresividad a mi respuesta. Pero he aquí que todas esas ocurrencias me fueron sucediendo en un viaje desde Valencia a Jaén en un Seat 600, y como era claro que después no podría recordarlas todas ni en su cantidad ni en su rotundidad (fruto de la espontaneidad), comencé a anotarlas para que no se me olvidaran (lo cual, sea dicho de paso, me obligó a hacer numerosísimas paradas en las márgenes de la carretera, en lo que tampoco había mayor problema, pues que las autovías ni existían). Al final del viaje y, cuando al otro día me puse a contestar la carta y comencé a ordenar los fragmentos, me di cuenta que éstos constituían unidades de sentido por sí mismos y que, debido a sus características, podían formar un elenco parecido a aquellos libros de pensamientos breves, aforísticos en su mayoría, a los que, en verdad, no había prestado mucha atención en mi trabajo de Filosofía, “ciego” como estaba por aquellos años en el estudio de la Lógica Matemática. Los aforismos me hicieron “ver la luz”.

Desde entonces no he dejado de dedicarme a este género del pensamiento breve, compatibilizando todo con mi labor en la Universidad, si bien no es hasta hace poco –al decir poco quiero decir 12 o 14 años– que me he dedicado a sistematizarlos y publicarlos, y sobre todo ahora que estoy jubilado… Pero últimamente me estoy dando cuenta que tal es la cantidad de material que he venido acumulando que creo que me va a faltar vida. Ha sido un error dejarlo todo “para después”.

2. ¿Cuál es su método de creación y composición de aforismos? ¿Los corrige de forma concienzuda, o prefiere respetar la primera intuición?

Para contestar a esto, mejor le hago una descripción de todo el proceso. En mi caso, está claro que el aforismo nace, al menos en mí, como una intuición que suele ocurrir al modo de una visión más o menos lógica, más o menos emocional: como un destello de comprensión de una realidad que surge espontáneamente y a veces en los momentos y situaciones más inopinados (en el cuarto de baño, conduciendo, paseando o discutiendo), pero también leyendo mucho… Es impredecible la situación.

El principio general es respetar esa primera intuición porque conserva todo el frescor y la fuerza de la espontaneidad, salsa del aforismo. Ocurre, naturalmente, que esa espontaneidad a veces lleva mucha broza y adherencias espurias, y se presenta un poco a las bravas. Entonces es necesario un trabajo de pulimento. Pero siempre con cuidado de que no pierdan esa rotundidad y vigor prístino con que nacen.

Donde sí que realizo una labor muy concienzuda y tediosa, que me lleva mucho tiempo –quizás más que componerlos–, es en la de prepararlos y ordenarlos para su publicación. Y ello porque no puedo evitar –quizás por temperamento, quizás por deformación del ejercicio de la filosofía– presentarlos estructurados y vertebrados de manera que todo el conjunto tenga un sentido o, si se quiere, una unidad.

3. ¿Cuáles son sus aforistas de cabecera?

Esto es un poco complicado… Según qué temas y según qué momentos. En líneas generales prefiero aquellos aforismos que están más cerca de la reflexión. Por ello, quizás los aforistas con los que especialmente conecto serían: Schopenhauer, más relacionado con la búsqueda del sentido profundo de la vida; Gracián, que penetra como nadie en la (mala) naturaleza humana; los llamados moralista franceses de la Ilustración como Joubert o Chamfort… pero sobre todo La Rochefoucauld, magistral en fustigar la ética de su tiempo; otros, como Lichtenberg, por todo esto y más, y entre los modernos, Canetti… En fin, hay muchos. Respecto de Nietzsche –a quien suelo citar con mucha frecuencia–, me parece genial más bien como como psicólogo (como tal se define él mismo) de la cultura. Lo dejo para mis reflexiones precisamente sobre la cultura, en la que todavía este filósofo tiene mucho que decir.

4. Dígame su aforismo favorito, aquel que envidia no haber escrito usted.

¡Qué difícil me lo pone! La verdad es que hay tantos, que me cuesta seleccionar alguno. Ni siquiera sería capaz de evocar todos los que me gustan. Pero hay uno que me viene recurrentemente a la cabeza cuando percibo y observo los variopintos “eventos consuetudinarios que acontecen en las rúas” y que modernamente nos transmiten los periódicos y la televisión: es aquel de Mark Twain que dice que “desde los tiempos de Adán, los tontos están en mayoría”, al que en mi libro La ambición yo añado la apostilla “…y desde los tiempos de Caín, lo están los hijoputas”.

5. ¿Recuerda el mejor aforismo sobre el aforismo que haya leído?

Como en el caso de los aforistas, hay muchos que me gustan mucho. Pero en esta ocasión recuerdo aquellas palabras de Nietzsche que, siendo algo más que un aforismo, describen muy bien su esencia: “El aforismo es la forma de la eternidad; mi ambición es la de decir en diez frases los que otros dicen en un libro, lo que ningún otro dice en un libro”, y que yo expresé de alguna manera al estilo pueblo en El arte jovial con aquello de que el “aforismo es la eyaculación precoz del análisis”.

6. ¿Qué lugar ocupa el aforismo en su actividad creadora, respecto a otros géneros?

En estos momentos, dedicación plena. Como le he dicho antes, estoy jubilado y puedo emplear en ello todo el tiempo del mundo. Hasta ahora había escrito sobre todo textos académicos, y fuera de estos una obra de teatro premiada por la Casa de España en Paris, así como una novela que aún permanece inédita (independientemente de algunas colaboraciones literarias en periódicos y revistas de carácter universitario). Aparte de ello, no he vuelto a la Literatura sino a través del aforismo.

7. ¿Cree que se está produciendo en España cierta burbuja aforística?

Creo, sencillamente, que se está enfatizando un género que hasta ahora había estado en un segundo plano. Y lo había estado quizás por aquella su misma naturaleza de no llegar a componer obras de gran configuración y sistema, que es a lo que nos tenía acostumbrados la Filosofía. Ahora ocurre que la gente no demanda estas obras tan voluminosas y extensas, sino que la vida moderna requiere que las consideraciones sobre la vida y el mundo se exhiban de una manera más rápida y sintética, e incluso de persistencia más fugaz, como fugaces son los acontecimientos. Es un producto de la prisa, y la prisa es un producto de la rapidez, y la rapidez lo es de los medios de comunicación. Así que finalmente podría decirse que quizás es un producto de los medios de comunicación, que van acabando con aquellas obras de gran formato que se pretendían de gran calado y que requerirían de reposo y reflexión pausada, y, por tanto, de todo el tiempo del mundo. Si a ello añadimos que la gente ahora se comunica y se ilustra en gran medida por imágenes y mentiras…, pues eso, imagina.

Pero volviendo a la sustancia de la pregunta: no es que haya burbuja (un poco sí que se rebajará el nivel). Es que ahora han conseguido meter al aforismo, al género aforístico, en la dinámica de la banalidad general. Lo que no quiere decir que el verdadero aforismo haya de banalizarse. Todo lo contrario: es la manzana que podría sanar a las demás.

8. ¿Qué influencia cree que pueden haber ocasionado ciertos fenómenos sociales (como la publicidad o las redes sociales) en el actual boom del aforismo?

En cierto modo ya he contestado a esta pregunta con la anterior. La influencia es en doble sentido: las redes exigen concisión debido a su voluminoso y rápido mercado, y el receptor, el humano, también la exige para poder interactuar. Todo lo cual demanda brevedad. Y para ello la síntesis, la expresión breve, es la forma ideal en esta interacción. Por tanto, se trata de un mecanismo de retroalimentación. Todo en aras de la rapidez de que hablaba antes. No quiero decir que el aforismo haya surgido por este mercado, sino que el aforismo, que ya estaba allí desde que el hombre empezó a ejercer su más rudimentaria forma de educación (consejos, preceptos, etc.), se ha integrado o lo han integrado por su brevedad y su valor en esta trama de los medios. Y no hablo solo de tuits, wasaps, etc. sino de todo tipo de secuencias textuales modernas.

9. ¿Qué virtud y qué peligro puede tener el aforismo respecto a otros géneros literarios?

La virtud, como la de cualquier otro género literario, es la de complementarse con los demás, ofreciendo, de esta manera, un cromatismo distinto en la “paleta” del arte y el pensamiento. Quizás lo que aporta es una síntesis de sentido de la perspectiva de que se trate, que a otras artes, que se mueven más en el terreno de los anecdótico (desde la novela hasta un lienzo), les falta.

Su peligro es quizás la banalización a que me he referido antes: que quede como una sarta de ocurrencias que nada dicen, conmocionan, ilustran o comunican sobre el mundo o la vida. Pero este es un peligro común a todas las artes.

10. Para terminar, obséquieme con un aforismo inédito, nunca antes publicado en ningún otro sitio.

Debido a mi costumbre, o tal vez vicio o deformación profesional por el trato con la filosofía, a que me he referido antes, tengo tendencia a hacer aforismos encadenados en su orientación –en esto sigo los pasos de mi admirado Gracián– y así mis aforismos suelen presentarse en bloques amplios de sentido: es decir, que cada parte puede tomarse como un aforismo en sí mismo, pero que el conjunto le da una mayor amplitud en su perspectiva. Por ello, y puesto que estoy obligado a escoger uno y solo uno, me decantaré por alguno que podría servir como representación de esta mi forma de proceder; por ejemplo, uno que se halla en el libro La ignorancia, de próxima aparición. Dice así: “A los tontos, el sabio les parece tonto, y el granuja sabio. A los granujas, el tonto les parece tonto y el sabio un granuja. A los sabios, el tonto les parece tonto, y el granuja un tonto que parece sabio”.