RESEÑAS





Los libros de Emilio López Medina han cosechado una excelente acogida entre la crítica, la cual destaca la audacia de sus planteamientos y el perfecto dominio con que arma sus libros, compuestos por fragmentos.


Reseña de La ignorancia,
por José Biedma

Emilio López Medina es autor de La ignorancia (Apeadero de Aforistas / Thémata, 2020) y soportaría como Sócrates cualquier acusación de ignorar lo más importante, pues conoce bien la facilidad con que el humano se engaña para evitarse sufrir. Lo que no aguantaría de ninguna manera nuestro autor es que se le acuse de no haber intentado pensar por su cuenta. Hace bien en asumir ese riesgo. Su pericia como original aforista está más que demostrada. Esta colección que comento es una de sus siete bestias, siguiendo la estela de La ambición y El dolor. En sus páginas, López Medina echa mano a una categoría estética: surrealismo para caracterizar un orden del mundo (o desorden) “acabadamente surrealista” y una naturaleza de la que no podemos esperar consuelo moral: la vida misma es una exageración extraña de la realidad, una hipérbole del Ser, diría yo. “¡Qué raro es tó!, ¡qué raro es el hombre!”; “náufrago, y desdeñado sobre ausente”, escribió Góngora. Extrañeza y curiosidad como motivo principal de una búsqueda sin conclusión, a través de un bosque de símbolos igualmente ajenos y peregrinos, hijos de una cultura que en principio uno padece más que disfruta o elabora.

El atento lector puede encontrar en La ignorancia profundas reflexiones sobre el lenguaje, sus poderes, pero también sus insuficiencias y delirios, los excesos del verbalismo: “donde no hay ciencia hay palabras”. Insuficiencia que es también la de la razón calculadora, ya que la mayoría de las veces usamos las razones para justificar o excusar nuestras creencias, equivocaciones e ideología. Desde una duda constructiva y una inteligencia sintiente (sic), con los antecedentes memorables de Montaigne, Pascal y Gracián, denuncia el autor el dogmatismo de esos “seres fascinantes”:  el fanático y el nihilista, el que (cree) saberlo todo y el que (cree) no saber nada. Hallará también el lector duras críticas a determinadas “tonterías universales”, v. gr., “la bondad ingénita del hombre en Rousseau”; agudas correcciones a las pretensiones desbocadas de algunas filosofías. Pero no hay desprecio de la misma filosofía, sino todo lo contrario, una de sus funciones parece ser extrañar lo familiar y familiarizar lo extraño, especialidad que consiste sobre todo en preguntar, en tutear de este modo inquisitivo a los mismos dioses, en adoptar también una particular forma de vida que tal vez contenga un ramalazo de locura necesaria y conveniente, de inspiración poética y de sensibilidad para lo inefable real. La filosofía produce perdurables errores, dada su libertad para descubrir creando, por ejemplo, algo tan valioso y digno como son los derechos humanos. Este es el caso de las grandes obras llenas de exageraciones verosímiles de los clásicos del género: “La teología explica el surrealismo del mundo, la filosofía lo cuestiona y sistematiza, y la ciencia lo estudia en detalle”.

Sus aforismos, algunos con vocación epigramática, se enlazan y vertebran en una aspiración no cumplida del todo, mejor así, abierta, a formar sistema. Reivindica en ellos López Medina (¡con motivo!) el papel científico de la imaginación disciplinada que aplica el principio de lo posible e inventa esas maravillas que se descubren creándolas: la rueda, la cerilla, el transistor, las vacunas, internet… Un científico, un ingenioso técnico, en un rato de lucidez puede cambiar y mejorar el mundo como no puede hacerlo un político en treinta años, ni siquiera alentando una guerra victoriosa.

Tampoco faltan agudas reflexiones sobre el progreso, que consiste en limitar las posibilidades de azar del entorno para adaptarlo a nuestras necesidades y gustos. Un entorno cada vez más tecnificado que contrasta con unas mentes medievales pobladas de supersticiones, miedos e ilusas esperanzas. Así tenemos un progreso que degenera en progresía. Define el autor la técnica como algo neutro, pero no se le ocultan los riesgos de una barbarie tecnificada. Lo cierto es que la tecnología es ya nuestro contexto natural, igual que la de informático ha pasado a ser vocación universal. Hemos conseguido embotellar al genio o, dicho más cristianamente, enredar al Espíritu Santo. La colosal enciclopedia universal que llevamos en el bolsillo es también un terminal de control (y como tal ha sido usado con provecho en la crisis china del último virus de global trascendencia). Afectado de supremacismo humanitario no cree López Medina que existan verdaderas “inteligencias artificiales”, y eso a pesar de que sabe que una de ellas, y no de las más avanzadas, vence al ajedrez con solvencia a los grandes maestros, ni que puedan sustituir las máquinas inteligentes a los filósofos. Invoca que su capacidad es meramente analítica. Le falta a la inteligencia artificial (todavía) conciencia de sí, capacidad de juicio, instinto de supervivencia, reflexión…

Algunos aforismos emanan de la desesperanza: la soledad del hombre frente al ordenador, cuando el prójimo va sobrando, y se impone una vaga tendencia del humano a ser él mismo máquina o “maquinón” de rutinas ciegas y congeladas. Una de las secciones del libro trata del conocimiento de sí o, más bien, de su dificultad, imposibilidad y peligros. Parece pues que lo que nos salva del puro mecanicismo son los sentimientos, lo que Descartes llamaba “pasiones del alma”, la sensibilidad estética y moral, y en esto parecemos otra cosa que el universo como si la vida del hombre fuese “la mayor estupefacción del Universo”; y la persona, algo exótico en el orden del mundo. La paradoja es que siendo el hombre por naturaleza torpe y enfrentado a Natura acaba, no obstante, siendo quien mejor la comprende y domina, a base de paciencia y sufrimiento.

La sección siguiente trata de la cultura como “error estructurado”, de la verdad como creencia y moda (ese aval para las personas sin criterio), del equivocado consenso de las mayorías. De cómo la pedantería se viste de erudición y esta de sabiduría; de cómo el necio da lecciones al sabio; de cómo cree que todo está dicho el que no tiene nada que decir; de cómo leer no hace necesariamente mejores a las personas si la lectura no las conmociona; del academicismo como burocracia del saber; y, en fin, de muchas profundidades tontas y tonterías profundas, como del hablar sin saber de qué se habla, u oscuramente, para parecer hondo y misterioso; de la depravación que pasa por ingeniosa, del epigonismo como corrupción y degeneración de la teoría, y del papanatismo de la universidad española que no acepta una verdad hasta que no la afirma un extranjero; de lo que puede aprender un intelectual de un loco y un loco de un cuerdo.

Intuye López Medina que no hay ciencia sin retórica, igual que “no hay verdades a las que el acompañamiento del halago no les sea necesario”, y desconfía del rigor del intelectual que, enamorado de sus ideas, sobre todo porque son suyas, no suele querer a nadie más, ni a “la famélica legión” ni al “superhombre”, escriba lo que escriba el listo. Y es que la verdad puede usarse como escudo, máscara, refugio, martillo y espada. Con humildad refieren estos aforismos a la rebelión de los idiotas y las oportunidades mediáticas de la estupidez para aglutinarse –mediante el sentimentalismo– en dogmas. “Nada más nefasto que un necio con ideas”, nada peor que el “cretinismo metódico”: la estupidez laboriosa de los idiotas que creen saber mucho. A fortiori, un profesor tonto puede ser más dañino que diez años de sequía… Se llega así a la conclusión, ya apuntada por los clásicos, de que la inteligencia tiene límites, mientras que la ignorancia es infinita.

La mayor prueba de inteligencia es precisamente saber convivir con la tontería o con el activismo de lo políticamente correcto. No es fácil, pero puede ser útil porque a veces los errores suscitan verdades y hay cierto mérito en la estupidez, pues encarna el valor más alto de nuestra especie: la libertad, servo arbitrio, que diría Lutero, la posibilidad de elegir mal y equivocarse. La estupidez es por ello más humana que la inteligencia, inteligencia que, en efecto, cuando es activa, consideraron los escolásticos identidad divina.

Sea como fuere, el tonto es más fácil de identificar que el loco, que es un idiota sin sistema ni rigor. Lo que falta a ambos, al orate y al necio, es sentido común, administrador de la inteligencia, ordenador de la cabeza. El sentido común hace posible la sindéresis: el buen juicio y la prudencia, esa cordura que es amable por sí misma, pero que difícilmente escarmienta en cabeza ajena porque no se fía ni de la propia. Por desgracia, el precio del sentido común y del desarrollo armónico de la inteligencia es la soledad y, a veces, el aislamiento. “Soledad confusa” (volviendo a Góngora), porque como la honradez heroica la inteligencia contrae desarreglos y perturbaciones de (in)comunicación.

El libro se cierra con cuestiones prácticas: “El saber, cuestión moral”, un “Epílogo” sobre los atrevimientos y arrogancias temerarias de la ignorancia, pero también sobre sus bondades, pues la verdad (ese lujo teórico) puede ser cruel; el entendimiento, desilusionante; y la comprensión, un desengaño. El conocimiento conlleva fácil melancolía. La voluntad de sospecha de López Medina, heredera de la nietzscheana, desconfianza hacia la verdad, también debería estar sometida a sospecha (vid. mi "Sospechas sobre sospecha", Alfa, vol. 6, núm. 11, 2002).

Se apuesta por la duda y el perspectivismo, más que por la verdad, “que suele tener carnet de afiliado”, puesto que no es la verdad lo que nos hace libres, sino la duda. Si bien se acepta que las verdades nos engañan con mayor autoridad que las mentiras. Ya hace bastante el escepticismo, “ese jardín de otoño”, con rechazar tonterías, contradicciones e inconsecuencias. El escepticismo, de venerable raíz hispana (recordemos el Que nada se sabe de Francisco Sánchez) proporciona el trato más elegante –yo diría caballeresco– con la verdad, dama antojadiza, es el placer de la libertad de pensamiento, contrarrestado por la melancolía de la soledad que conlleva. Pero se vuelve más alegre si aplicamos ese dudar de la duda, que recomendó el maestro Marchena... Piensa nuestro autor que el pueblo español es muy escéptico, y eso a pesar de las procesiones de Semana Santa.

“¿Qué hacer?”: así se titula el último capítulo de este libro sobre la ignorancia, que da que pensar y qué pensar. El orden del mundo parece surrealista y el orden social también, pero uno debe adecuarse a esos absurdos evitando por ejemplo salir desnudo a la calle por mucho calor que haga, uno debe vivir en coherencia adaptativa con el orden paradójico del mundo, so pena de parecer absurdo. Cuestión de supervivencia. Dentro de esa adecuación inevitable, si uno desea sobrevivir, uno puede luchar por constituir su propio y personal orden, a voluntad, libremente, es lo que Ortega llamaba la apropiación de la circunstancia. Crear es “la gran redención de la necesidad” y la forma más propiamente humana de creación es el arte. Fundar un orden bello es la mejor de las aspiraciones. Escapar del orden trágico y absurdo del mundo sólo es posible muriendo o creando una armonía entre las cosas como son y las cosas como deberían ser: buenas y bellas. Aquí la ética se sostiene en la estética como causa ejemplar. El imperativo emilianesco sería: “¡Búscate creando!”, es decir ideando y realizando un orden donde sólo cuenta la voluntad guiada por el sentimiento ético y estético.

Opino que se equivoca Emilio al suponer que esa creación humana pueda ser ex nihilo, desde la nada, pues la imaginación siempre trabaja sobre la memoria y el espíritu no sopla donde quiere sin la existencia física e histórica que lo soporta. La creación implica rechazo, pero también aceptación de lo que somos, natural, social e históricamente. Echo de menos tras la provechosa lectura de La ignorancia un índice de temas y autores, que haría útil y provechosa su relectura, estudio o consulta, como obra de referencia.

(publicada en la revista digital El Aforista)

Reseña de El arte jovial,
por Jacob Iglesias

En uno de los textos sobre el aforismo de Ramón Eder recopilados en Pequeña galaxia, editado recientemente por Libros al Albur, el donostiarra nos previene contra los aforismos grandilocuentes y severos, como clavos en la tapa de un ataúd, y aboga por el aforismo lúcido a la vez que lúdico, donde ligereza e inteligencia no solo no están reñidos, sino que alcanzan una admirable aleación. Ya desde el título, Emilio López Medina deja bien a las claras que es a la segunda de estas familias a la que pertenecen sus aforismos.

No es López Medina precisamente un recién llegado al género aforístico. Repasando su bibliografía, comprobamos que cuenta con tres libros de aforismos anteriores a El arte jovial, aparece en algunas de las últimas recopilaciones del género y también ha publicado en este 2018 Del amor y todo lo que le es propio, en la editorial Trea.

Frente al libro de aforismos más habitual, ya estructurado en capítulos, ya sin una estructura preconcebida, pero cuya esencia es la diversidad de los asuntos tratados, en El arte jovial nos encontramos ante una recopilación de aforismos que representan sucesivas variaciones en torno a dos asuntos concretos: la belleza y el arte.

A pesar de esta circunscripción temática, la monotonía es solo aparente. Partiendo de la existencia de un hambre innata de belleza en el hombre, López Medina considera el arte en sus diversas manifestaciones como aquello que permite al hombre reunir vida, belleza y verdad: “Los hechos de la vida se revelan con una luz distinta en cada uno de nosotros. Expresar esa luz, no tanto, los hechos, es el arte.” Y no rehúye el debate irresoluble entre ética y belleza, señalando que también se crea para hombres mezquinos: “Hay gente que no se merece a Bach. Repugna a la razón y al sentimiento que, siendo como son, encima puedan gozar de su Música. Y eso es lo peor: que cuando se compone una obra de arte, se compone también para gentes que no la merecen”.

A la música precisamente dedica el autor bastantes aforismos: “En las otras artes, el hombre está fuera de la obra; por eso puede contemplarla, y así escapar. En la música, ésta se apodera del hombre y lo domina. En la Música el hombre es inferior” o “La Música, como el fuego, es el arte que se consume en el acto mismo de ser ejecutada”.

Pero también hay aquí un buen puñado de aforismos que tratan sobre la creación, la escritura, los distintos géneros literarios y, como suele ser habitual en la aforística más reciente, a reflexionar sobre el propio aforismo: “Un buen aforismo es aquel que no despierta en nosotros la necesidad de continuarlo” o “Un buen aforismo es aquel que hace reír a los inocentes y deja serios a los filósofos”.

Por último, y retomando lo apuntado al inicio, López Medina ha desperdigado a lo largo del libro un conjunto de aforismos que configuran lo que podríamos denominar una ética de la jovialidad, donde se reúnen la alegría y el humor, que queda resumida en este aforismo: “La jovialidad es el más alto de los valores porque resume todos los demás: la alegría de vivir, la generosidad y la falta de rencor y, sobre todo, una moral limpia y natural… ¡y hasta una buena salud! Por todo ello encarna los mejores valores de las artes (así el Quijote)”.

(publicada en la revista digital El Aforista)

Reseña de 69 aforismos porno,
por José Biedma

Como Sheldon Cooper, el síndrome de Asperger más famoso de la televisión, Emilio López Medina es tan inocente que ha tardado en descubrir que el sexo es la variante fundamental para condicionar la conducta ajena. Digo esto porque, aunque Emilio no se engríe como el protagonista de The Big Bang Theory, sino que es un tipo modesto, le supongo alguna ambición literaria y cierto interés por llegar al gran público con su última colección de aforismos: 69 aforismos porno y 96 aforismos antisexistas (Libros al Albur, Sevilla 2016).

La serie que más me ha gustado es la de aforismos porno. Los aforismos de Emilio son cortos pero densos, dan mucho que pensar, estimulan la creatividad; así, sobre el aforismo 2, se me ocurre y escribo:

Placer, misterioso forastero,
sospechoso en medio de tanto dolor,
pues con los años pisa cada vez menos
bares de mi ciudad, templos y museos.

Aclaro que esa “ciudad” a la que me refiero en la cuarteta es tanto la ciudad del alma, como la del cuerpo y  espíritu, una ciudad con muchos barrios que no coinciden con esa división, ya que espíritu, alma y cuerpo se distribuyen igual por la City que por sus plazas populares y sus arrabales, algunos no de buen tono, pues placeres también los hay de muchas clases, y creo que casi todos, menos tal vez los puramente intelectuales, disminuyen con la edad.

Esto de que los placeres intelectuales son los más continuos e inocuos ya lo sabía Aristóteles, pero habría también que hacer una salvedad: los placeres de la inteligencia, o de la sensibilidad inteligente, o de la inteligencia sintiente son siempre los más firmes, si la erosión del tiempo no empieza por atacar la sesera haciendo mella en sus neurotransmisores. De hecho, a la edad del abuelo “poco dormir y mucho gruñir”, aunque creo que uno –si no está demasiado atosigado por achaques o muestra suficiente insensibilidad ante el dolor– puede también decidir mejor convertirse en un anciano bonachón, antes que en un viejo gruñón. O en un viejo verde: “El viejo le diría a la joven: Ábreme tus piernas; yo te abriré la mente” (10). Eso, si es un viejo sabio como Emilio, porque también hay viejos tontos, e incluso viejos gruñones y tontos, más raros los viejos gruñones y listos.

Emilio antes tira para bonachón, o para jovial, como el tono de muchos de sus aforismos. Incluso cuando reza se torna jovial: “Dios mío, el deseo de cada día dánoslo hoy… Una pasión, por favor, aunque sea morbosa”. Cuando uno oye esto, se acuerda de Machado: "Aguda espina dorada / ¡quién te volviera a sentir en el corazón clavada!" (cito de memoria). Es bastante patética la condición de nuestra especie, ese misterioso deseo de vivir, aun una vida dura, indigna, o condenada al sufrimiento. Parece que deseemos sentir de todos modos, antes que no sentir nada. Y es que hasta el dolor tiene arrugas, refinamientos y sofisticaciones que conducen al placer; si no, que se lo digan a Michel Foucault y a los amigos del BDSM, las experiencias límite o los “deportes” de riesgo.

Hedonistas contumaces nos retrata Emilio a les humanes (sic). Incluso si deseamos morir es porque no le damos a nuestro cuerpo (¡tampoco al alma y al espíritu, Emilio!) su ración diaria de placer. Hedonismo teórico. No espere nadie mucha excitación sexual de estos pornoaforismos, mas sí algunas reflexiones de enjundia, por ejemplo, sobre la obscenidad, esa categoría estética que rara vez sabe el pornógrafo captar en sus obras y que, la mayoría de las veces, ni siquiera es pornográfica:

 “La obscenidad –escribe Emilio–, la práctica de la obscenidad en la relación sexual, es una forma de rebeldía: es la resistencia que hacen algunos al hecho de que el espiritualismo rechace el lado zoológico de la humanidad. En este sentido, la obscenidad es, paradójicamente, una forma de espiritualidad inversa, pero más certera: es la espiritualidad que no ignora, sino que asume, la otra parte de la vida, la biológica”.

¡Sobresaliente!

Caben también en las páginas de este librillo algunas exaltaciones del poderío femenino in sermo vulgaris: “Y es que las mujeres follan como comen (o comen como follan): es decir, parece que no, pero al final comen más y mejor que el hombre”. Y se pliega al aspecto, digamos altruista, del castizo hedonismo humano: “Hay más placer en llevar a alguien al placer que sintiéndolo directamente”. Cierto. Incluso pervertir es el colmo del hedonismo perverso. No sé si resulta políticamente correcto anotar que “Finalmente el hombre descubre que está casado con un hombre, sólo que con el aparato sexual invertido. Esto no le ocurre a la mujer… Adversus machistas”. Reconozco que no he comprendido bien la última frase. Si fuera mujer tal vez me resultaría machista el adjetivo “invertido”. Yo habría escrito “oculto”.

A Emilio le resulta adecuado que “coño” sea masculino y “polla” femenino, en el caso de esta última anota con gracia: “ese cascabeleo, ese bamboleo bailarín en estado de flaccidez, puramente femenino…, o , si en estado de erección, esa soberbia que rápidamente muda de estado, condición y convicción”. Más discutible me parece que la masculinidad le venga al nombre vulgar del sexo femenino por ser el varón “serio, oscuro, enigmático, profundo”. En general, he de decir que mis amigas me parecen más serias, oscuras, enigmáticas y profundas que la mayoría de mis amigos, gracias a Dios, que de tan serios, eso sí, se toman como un drama personal los resultados de la Liga de fútbol.

No resulta patético, aunque sí muy realista, constatar que “antes se olvidan las sensaciones que los sentimientos”. Pero sí resulta poético afirmar que “en el amor y su hacer el cuerpo está desnudo, pero el alma tiene siete velos”, o que “la tragedia se disipa cuando la sensualidad vuelve a recibir su tajada”.

Por su parte, los 96 aforismos antisexistas son menos cachondos y más sombríos. A burlaveras, Emilio parece hacer el ejercicio –quizás muy práctico– de desterrar las alusiones sexistas del lenguaje, usando la "e" como morfema neutro. Ejemplos: “Nadie es guape o fee: depende del ángulo”; “En contra de la opinión más extendida, considero que creer en otre individue es creer en une misme.” A propósito de este último aforismo, comento que lo mismo se podría decir a contrario del malicioso: que descree de los demás porque se sabe malo. Trágico y triste es, desde luego que sea “más fácil acceder al amor de une persone cuando no le amamos”.

De toda esta segunda parte del librito también podría decirse que es una chanza de ese lenguaje gilipollas que nos quieren imponer los modernos meapilas del progresismo, que nos obligan –coletazos de temperamento inquisitorial– a escribir “compañer@s” o “compañerxs”, etc., pero no periodistas y periodistos, poetos, atletos, justicio, etc. (parafraseo hasta aquí al autor y añado ejemplos de mi cosecha). En definitiva, Emilio se guasea con educación manifiesta de la tonta manía de coger el rábano por las hojas de la arroba.

Muchos de los aforismos de Emilio sobre el matrimonio me resultan extraños o discutibles, quizá porque a ese respecto hayamos tenido experiencias diferentes, no lo sé, ya que, como él mismo deja escrito: “Cada pareje es un mundo”. Esa concepción (dice que kantiana) del matrimonio “como contrato para el uso mutuo de les órganes genitales”, o yendo más lejos, “como inmersión institucionalizada en la animalidad de le otre persone” me resulta la mar de prosaica. No me parece que el matrimonio pueda descansar únicamente “en la obligación de ser simpátique”. Si finalmente descansa sólo en eso, el desamor está servido.

Y es más bien el desamor el telón de fondo de muchos de los aforismos de esta segunda parte. Algunos son generalizaciones bastante arbitrarias que con gusto refutaría, por ejemplo el 48: 

“Le matrimonie es una dinámica continua de pequeñas humillaciones en las que se va perdiendo el agradecimiento que le tenías a le otre persone. Y esto es lo más difícil de soportar en una relación –laboral, familiar, matrimonial, etc.–: las pequeñas humillaciones”.

Aun admitiendo que es imposible convivir durante mucho tiempo con una persona sin sufrir alguna pequeña –y no tan pequeña– humillación, puede ser que envejeciendo con una persona, conviviendo a gusto con ella, sabiendo mantener las distancias (sin cortar la flor para acercársela) no sólo no disminuya el agradecimiento que sientes por tu pareja, sino que aumente de forma muy sensible. Al menos, tal es mi experiencia, gracias a Dios.

Es conveniente y cierto que “estamos obligados a ocultar las heridas que nos han hecho les persones que amamos para, a nuestra vez, no herirles a elles exhibiéndolas” –tal es un don de generosidad y hasta de buena educación. Saber olvidar, saber perdonar: un super-don, que dirían los primitivos cristianos, tan olvidado él mismo como las virtudes de la espera.

Nada es tan destructivo de la común armonía en la convivencia de pareja como el rencor. Sin embargo, no hay por qué descargar contra el cónyuge el rencor contra la vida, así como los hijos lo descargan numerosas veces sobre los padres, pero hay que enseñarles a no hacerlo. Ni resulta jovial y sí más bien desoladora la visión antropológica del aforismo 94: “todes nosotres quedamos finalmente reducides a un amor frustrado ambulante”. Menos mal –gracias, Emilio– que el 96 y postrero apunta a la esperanza de un amor renovado: “Aunque tal vez sea necesario amar a alguien para amar la vida”. A fin de cuentas, el amor florece en cualquier estación y, la mayoría de las veces, incluso cuando menos se lo espera.

(publicada en la revista digital Microfilias)



Reseña de El amor y todo lo que le es propio,
por Jacob Iglesias

“A la tarde te examinarán en el amor”, nos recordaba San Juan de la Cruz en sus Dichos de amor y de luz. A la vista de este Del amor y todo lo que le es propio, a Emilio López Medina, que ve acercarse el examen, no le pillará en blanco, sino con los deberes hechos.

López Medina, fiel a su tendencia de hacer del libro de aforismos un tratado fragmentario y sin grandilocuencias, se aplica a lo largo de estas páginas a examinar el amor, sus causas y sus consecuencias, sus comienzos y sus formas, más o menos evidentes, de acabar. Para ello organiza el libro en dos apartados de contenido bien diferenciado, pero complementarios: Mieles y Hieles.

El autor es plenamente consciente de que su empeño no es precisamente ni modesto ni novedoso. Muchos antes de él se han embarcado en este propósito, y esas reflexiones se apoyan los apuntes de López Medina, que dialoga, matiza o refuta algunas de las aseveraciones de los pensadores clásicos. Por otra parte, sin excluir el carácter universal del aforismo, a menudo se tiñe aquí de un tono autobiográfico, hablándonos el autor desde un punto de vista personal y desde la perspectiva abarcadora de toda una vida en común.

A caballo entre el aforismo ingenioso y el apunte reflexivo, condescendiendo en ocasiones al consejo agudo e incluso al refrán, López Medina nos va ofreciendo en estas páginas el recorrido de una relación amorosa tradicional: desde el nacimiento del amor con la atracción física –el flechazo al que explícitamente alude en algún aforismo–, la fascinación por la persona amada –y la miopía que conlleva–, el erotismo, hasta la convivencia en matrimonio y sus enemigos –reales o aparentes.

En un tiempo en el que la taxonomía del amor se asemeja a la tabla periódica de los elementos, López Medina nos habla, sin ponerse armadura de cruzado, con jovialidad abierta, de un amor romántico, ése en el que parece que muchos viven felizmente encarcelados: “El amor solo puede hacerse con una persona; con varias solo puede hacerse biología”. Nada más y nada menos que un alma agarrándose a otra alma, nos dice, a la vez que nos advierte que esa aspiración, de tan desmesurada, es inhumana. En definitiva, el amor, sus mieles y sus hieles.

(publicada en la revista digital El Aforista)


Reseña de El dolor

Emilio López Medina, además de otras facetas en su quehacer filosófico y literario, como la de dramaturgo y metafísico (en el sentido aristotélico del término), se ha dedicado al aforismo con singular tesón, con voz propia y sobresaliente agudeza de ingenio.

Este último libro reúne un generoso florilegio sobre La Ambición, que será el segundo de una heptalogía que titula Las siete bestias. El primero que saltó bravo, bien que jovial, de entre el traqueteo de la imprenta fue sobre El dolor (Barcelona, 2011). Ya antes nos había deleitado con su afición al género, gracias a sus Pensamientos del que está de visita (Cadiz, 2000) y a sus Elementos de filosofía prêt-à-porter, donde confesaba su creencia de que el aforismo es la mejor herramienta para transmitir sentido.

¿Cuál es el sentido de un aforismo? ¿Paradoja, ironía (ese duende preguntón tan socrático como andaluz), sarcasmo (sádica fusta nietzscheana), perplejidad moral, horror ante el “fascismo de la naturaleza”? En Emilio, el sentido de su escritura fragmentaria es un poco todo esto, pero también la jocundia amable de la estoica conformidad con el duro destino. Un fatum que no desdeña nuestro margen de libertad condicional, nuestras humanas y tantas veces equivocadas decisiones, las de ese hombre de hoy “que escribe su historia más profunda en los movimientos de una cuenta corriente”.

Me pregunto cuánto de violencia sublimada, de venganza racionalizada, de mentales erecciones, hay en estas lúcidas frasecillas, en estas discretas reflexiones tan bien medidas. Cuánto de confesión purificadora y catártico “quejío”: “Cuanto más alto suben, más valoro mi desprecio”. Y cuánto de perpleja, ascética, conceptista elocuencia, tan apropiada para épocas críticas y confusas.

¿Qué es ese sentido que busca el aforismo filosófico? Tal vez sólo sea un engendro del Entendimiento a propósito o con ocasión de una vivencia emocionalmente intensa. Expresa en todo caso la intención (¡o ambición!) de aprender de esa experiencia, de no tropezar otra vez en la misma piedra. Arte gracianesco de prevención y prudencia…

“La inteligencia con mal carácter consigue de los demás mucho menos que la superficialidad con simpatía”.

“Quien en sí mismo no cree está vencido de antemano”.

“Hay un signo para distinguir a la persona honesta: el amor por lo perfecto”.

“La personalidad social es el preservativo del yo”.

Vemos práctica utilidad en estas perlas teóricas. Al hilo de su fragmentado ensayo sobre el demonio de la ambición (esa pertinaz locura, “resultado de la buena salud”), esa ambición de la sociedad del bienestar y el consumo a la que debemos tantos males como bienes, esta obra contiene una auténtica antropología, una cierta idea –muy cabal a mi juicio– de los humanos, que somos “hijos de Sísifo antes que de Adán” y cuyo sentido común es el sentido de la propiedad, ya que en verdad únicamente el hombre ambiciona ser más de lo que es, y no ser lo que es, y hasta ser lo que no es, esas cosas que compramos y de las que nunca nos hartamos… hasta apropiarse, el hombre, ese mundo lleno de objetos que constituyen su coraza. Granujería, crueldad, ferocidad, necedad… nada humano nos es ajeno, y menos que nada los revolcones que da la vida a quienes mendigan un golpe de suerte porque la tienen mala.

Este libro, como otros suyos, invita a ser consumido en pequeñas dosis, porque da mucho que pensar, al dejar caer su vitriolo sobre los errores del tiempo, esa sustancia más que espacial de que también estamos hechos (el autor de El Espacio como principio constituyente de la realidad me perdone por decir esto). En este “concierto de dientes” que es la vida, en la que “no hay éxito sin injusticia”, en la que, “a la larga, Sancho Panza siempre vence a César”, sólo parecen sobrevivir los más chorizos…

Es cierto, pero a pesar de esta dura denuncia, el libro de Emilio también contiene un último sesgo esperanzador, pues “a pesar de la irracionalidad y la crueldad del mundo en que desarrolla su vida (cuenta al final) el hombre se empeña en captarla y estructurarla en términos de racionalidad y justicia. Así, nos encontramos con que este ser egoísta por principio intenta enmendarle la plana a la propia Naturaleza… Es entonces cuando se hace superior a ella en excelencia (…) ¡Un ser capaz de crear una vacuna y componer el Himno de la Alegría!”.

Nos queda como a Pandora la esperanza, porque a fin de cuentas “es más fácil poner límites a los deseos que a las esperanzas”. No sé, por último, si estimular la suya de tener éxito con sus siete bestias pardas, pues Emilio sabe más que nadie de la tristeza del post-éxito, ya que, como dijo Wellington tras vencer a Napoleón: “nada, excepto una batalla perdida, puede ser tan melancólico como una batalla ganada”.


En cualquier caso -y en esto estamos de acuerdo-: “es más noble ser engañado alguna vez que desconfiar siempre”. Aceptar ser engañado por la propia Naturaleza madrastra es amar mucho la vida. También es cierto que si teoría y nobleza se dan la mano –como pensaba Aristóteles–, en eso de dejarse engañar, antes que desconfiar de todos y del Todo, la nobleza resulta entonces poco práctica.

(publicada en la revista digital Uroboro)